Optimizar la producción y la calidad de las cosechas en un contexto de cambio climático, degradación edáfica y normativas cada vez más estrictas sobre el uso de fertilizantes y productos fitosanitarios, conlleva la búsqueda y el desarrollo de productos que mitiguen el estrés de las plantas y favorezcan el metabolismo de la planta.

Dentro de este marco de transición hacia la sostenibilidad y la eficiencia agronómica, los bioestimulantes agrícolas y elicitores orgánicos, ocupan actualmente una posición destacada en la fitotecnia. Y entre estas “herramientas científicas más avanzadas” se encuentran los ácidos carboxílicos funcionales en agricultura, y en este grupo, destacan los ácidos dicarboxílicos, un grupo de compuestos orgánicos de bajo peso molecular que operan en la intersección entre la nutrición celular, la microbiología del suelo y la señalización inmunológica frente al estrés en la planta.

El uso de los ácidos dicarboxílicos

El uso de los ácidos dicarboxílicos en la hortofruticultura responde a la necesidad de superar barreras fisiológicas y edáficas que los fertilizantes agrícolas convencionales no pueden o les cuesta superar.

Frecuentemente, el factor limitante en la producción agrícola no es la ausencia de nutrientes a disposición del sistema radicular, sino la incapacidad de la planta para absorberlos, translocarlos y asimilarlos eficientemente debido a antagonismos iónicos, bloqueos por pH, retrogradación del fósforo o episodios de estrés ambiental extremo.

En estos casos, la aplicación de ácidos dicarboxílicos, ya sea vía foliar o mediante sistemas de fertirrigación localizada, interviene directamente en el metabolismo de la planta, optimiza el gasto energético intracelular, actúa como un potente agente complejante natural y desencadena respuestas sistémicas de defensa a nivel genético.

¿Qué son los ácidos dicarboxílicos?

Los ácidos dicarboxílicos son compuestos orgánicos, alifáticos o aromáticos, que se definen por poseer dos grupos funcionales carboxilo (-COOH) en su estructura molecular.

De forma general, su fórmula química estructural se expresa como HOOC-R-COOH, donde el radical «R» representa una cadena hidrocarbonada que puede variar en longitud, grado de saturación, ramificación y presencia de otros grupos funcionales.

Desde el punto de vista de la química física, la presencia simultánea de dos grupos carboxilo en la misma molécula confiere propiedades termodinámicas, de reactividad y de coordinación metálica. La ionización de estos ácidos en soluciones acuosas (como la savia del xilema o la solución del suelo) ocurre en dos etapas sucesivas, caracterizadas por dos constantes de disociación ácida distintas (pKa1 y pKa2). El comportamiento de estas constantes es la base para entender su acción como quelantes y reguladores de pH.

Esta dualidad de carga convierte a los ácidos dicarboxílicos en ligandos bidentados excepcionales. Al interactuar con cationes metálicos en el suelo (Ca2+, Mg2+, Fe3+, Zn2+), forman complejos cíclicos estables mediante enlaces de coordinación que implican a ambos grupos carboxilato simultáneamente.

Historia y evolución de los ácidos dicarboxílicos en agricultura

El reconocimiento científico de los ácidos dicarboxílicos en la fisiología vegetal comenzó con el desarrollo de la bioquímica celular en las primeras décadas del siglo XX, culminando con la descripción del ciclo de los ácidos tricarboxílicos (Ciclo de Krebs) por el bioquímico británico, ganador del Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el año 1953, Hans Adolf Krebs.

En este proceso, ácidos dicarboxílicos como el succínico, el málico, el fumárico y el oxaloacético, fueron identificados como segmentos centrales del metabolismo energético y de la respiración de todas las células vegetales. No obstante, tuvieron que pasar varias décadas antes de pasar a ser utilizados como insumos externos y formulaciones comerciales en la agricultura.

Históricamente, los edafólogos observaron que ciertas especies vegetales con alta tolerancia a suelos marginales (caracterizados por deficiencia extrema de fósforo y toxicidad por aluminio) exudaban grandes cantidades de compuestos orgánicos por sus raíces. Investigaciones posteriores, lograron cromatografiar estos exudados radiculares, identificando que estaban compuestos predominantemente por ácidos orgánicos de bajo peso molecular.

En particular, los ácidos dicarboxílicos como el oxálico y el málico, demostraron ser los agentes responsables de alterar la química local de la rizosfera para movilizar nutrientes que de otro modo estarían bloqueados.

Durante las décadas de 1980 y 1990, la industria de los agronutrientes y fitosanitaros, comenzó a explorar derivados sintéticos de ácidos dicarboxílicos alifáticos (como los ésteres monometílicos y monoetílicos del ácido itacónico y succínico) con fines de regulación del crecimiento vegetal. Los ensayos en campo demostraron que estas moléculas podían controlar el vigor vegetativo en frutales (manzanos, perales, cerezos, etc.), actuando como alternativas a los retardantes de crecimiento triazólicos (como el paclobutrazol) y logrando efectos de aclareo de frutos, retraso de la senescencia por inhibición de la clorofilasa e incremento de la eficiencia en el uso del agua.

De forma simultánea, el descubrimiento de su capacidad como agentes complejantes llevó a su inclusión en fertilizantes líquidos y correctores de carencias foliares, compitiendo directamente con quelatos sintéticos como el EDTA o el EDDHA, aportando la ventaja de su biodegradabilidad y asimilación natural por la fisiología de la planta sin dejar residuos tóxicos.

La redefinición del uso de los ácidos dicarboxílicos, viene de la mano de la biotecnología agrícola y las patentes de modificación molecular. Diversas empresas del sector agroalimentario, como Nutritec, han desarrollado procesos electro-bioquímicos para crear ácidos dicarboxílicos modificados. Esta tecnología de vanguardia fortalece los enlaces entre el nutriente mineral y el grupo carboxilo, asegurando una mejor movilidad sistémica a través del xilema y el floema.

Las funciones de los ácidos dicarboxílicos en la fisiología del ecosistema suelo-planta

El espectro de acción de los ácidos dicarboxílicos es holístico, abarcando desde la interfase suelo-raíz hasta la biología celular de los órganos sumidero de la planta.

Por ejemplo, en la dinámica de la rizosfera y solubilización enzimática del fósforo. La limitación de fósforo (P) biodisponible es un clásico en la agricultura. Aunque los suelos agrícolas alberguen altas reservas de fósforo, este elemento reacciona precipitando como fosfatos de calcio insolubles en suelos alcalinos y calcáreos, o formando complejos oclusivos con hierro y aluminio en suelos ácidos. Para eludir este bloqueo, las plantas tienden a la exudación de ácidos dicarboxílicos hacia la rizosfera como estrategia evolutiva de supervivencia. El aporte artificial de estos ácidos replica y amplía estos mismos mecanismos fisicoquímicos.

Por ejemplo, en la acidificación y desorción. Los ácidos liberan protones (H+), disminuyendo el pH local. Esta acidificación rizosférica favorece la protonación del ion fosfato (transformando el PO4-3 en H2PO4 biodisponible) y contribuye a disolver los compuestos minerales insolubles.

También en la quelación competitiva. La constante de estabilidad de los anillos de coordinación bidentados formados por los ácidos dicarboxílicos les permite competir con los aniones fosfato por los sitios de adsorción en las arcillas. Así, secuestran y quelan metales como el Ca 2+, Al3+ y Fe2+, liberando el fósforo orgánico e inorgánico previamente atrapado en esas matrices metálicas.

Adicionalmente, esta concentración de ácidos orgánicos puede actuar como un canal de señalización quimiotáctica microbiológica. Los dicarboxílicos sirven como fuente preferente de carbono metabolizable para las Bacterias Promotoras del Crecimiento Vegetal (PGPR), bacterias portadoras del gen phoD (productores de fosfatasas alcalinas) y hongos micorrícicos arbusculares (HMA). Esta simbiosis inducida acelera las tasas de mineralización enzimática del fósforo orgánico del suelo y de exudados metabólicos, optimizando la nutrición fosfórica sin depender exclusivamente de fertilizantes de síntesis.

Implicaciones de ácidos dicarboxílicos en el rendimiento de la planta

A nivel intracelular, los ácidos dicarboxílicos participan en el entramado bioquímico primario de la fisiología vegetal. Compuestos como el ácido succínico, el ácido fumárico, el ácido málico y el ácido oxaloacético son intermediarios insustituibles en el Ciclo del Ácido Cítrico (Ciclo de Krebs), el motor de la respiración mitocondrial que genera la energía celular en forma de ATP y poder reductor de la coenzima NADH (Nicotinamida adenina dinucleótido reducido).

La aplicación, (particularmente vía foliar), de estos ácidos dicarboxílicos tiene implicaciones directas en el rendimiento de la planta mediante áreas como el ahorro metabólico, el metabolismo del nitrógeno y aminoácidos y la tolerancia al amonio

En el caso del ahorro metabólico, eludiendo pasos enzimáticos previos que requieren un alto gasto energético, inyectando precursores directamente en la vía de respiración y garantizando que el metabolismo basal de la planta se mantenga incluso bajo elevadas restricciones hídricas o térmicas.

En el metabolismo del nitrógeno y aminoácidos, proporcionan las estructuras de carbono (por aminación de los alfa-cetoácidos derivados), necesarios para la biosíntesis interna de aminoácidos, proteínas y metabolismo de las poliaminas.

Y respecto a la tolerancia al amonio, ante fertilizaciones altas o estrés que generan elevados niveles intracelulares de iones amonio (NH4+ ), los cuales son tóxicos y acidificantes, la planta induce la descarboxilación de los dicarboxílicos endógenos (un proceso que consume protones) para restablecer la homeostasis y mantener el pH citoplasmático. El aporte previene el agotamiento de estas reservas orgánicas en momentos de toxicidad nitrogenada o deficiencia de potasio (K).