Saber y comprender los estados fenológicos del olivo (Olea europaea) nos ayuda como herramienta de gestión agronómica fundamental. En España, donde la olivicultura es un pilar socioeconómico y cultural, el éxito de la campaña se decide en la capacidad del técnico y del agricultor para sincronizar las labores culturales con el estado vital del árbol.
La fenología estudia la repercusión del clima sobre los ciclos biológicos de los seres vivos. En el caso del olivo, este ciclo anual determina los momentos adecuados para la aplicación de fitosanitarios, la gestión del riego y la nutrición vegetal. En este contexto, actuar a destiempo supone no solo una pérdida económica, sino un impacto ambiental innecesario, alejándonos de los objetivos de sostenibilidad y eficiencia que marca la agricultura moderna.

Qué es y por qué es importante monitorizar el ciclo fenológico del olivo.
El ciclo del olivo es la secuencia de transformaciones morfológicas y fisiológicas que experimenta el árbol a lo largo de un año. Aunque la genética de la variedad (Picual, Arbequina, Hojiblanca, Cornicabra, etc.) marca la pauta, son los factores climáticos como la temperatura, horas de frío, integral térmica y pluviometría, entre otros, los que aceleran o retrasan estas fases.
Para el agricultor, identificar la fase exacta en la que se encuentra el árbol, le permite:
- Maximizar la eficacia de los tratamientos fitosanitarios: Combatir plagas como el Prays (Prays oleae) o la mosca del olivo (Bactrocera oleae) requiere atacar en estadios muy vulnerables del insecto que coinciden con fases concretas del árbol y del fruto.
- Optimizar la fertilización: Aportar nitrógeno cuando el árbol no tiene actividad radicular es desperdiciar recursos y contaminar acuíferos.
- Predecir el momento idóneo de la cosecha: Evaluar el cuajado temprano permite estimar producciones y planificar la logística de recolección.
A continuación, desglosamos el ciclo basándonos en la codificación estándar y su aplicación práctica del olivo en el campo español.
Parada invernal y despertar vegetativo del olivo.
Durante los meses más fríos (diciembre y enero en la península), el olivo entra en un estado de reposo aparente. Sin embargo, a nivel interno, ocurren procesos hormonales inducidos por el frío invernal (vernalización) necesarios para la posterior floración.
El estado A es la yema de invierno y es la fase de latencia total. La yema es aguda, estrecha y está protegida por brácteas cerradas.
Es el momento idóneo para la poda. Al estar la savia parada, las heridas cicatrizan peor, pero se minimiza el riesgo de enfermedades si se realizan cortes limpios y en días secos. Es vital importante realizar tratamientos cúpricos preventivos tras la poda para evitar la entrada de hongos y bacterias (tuberculosis).
En la gestión del suelo, es el momento de la aplicación de enmiendas orgánicas y corrección de carencias de fondo (fósforo y potasio) si el análisis de suelo lo indica.
El estado B es el inicio de actividad. Con el aumento de las temperaturas a final del invierno, la yema comienza a hincharse y las brácteas se entreabren, mostrando una ligera pigmentación amarilla o verdosa. Es el despertar del árbol.
Debemos prestar atención ya que es el inicio de la movilización de reservas. Comienza la actividad radicular.
Desarrollo de la inflorescencia y floración del olivo.
La primavera es la etapa más vertiginosa para el cultivo del olivo. El árbol consume gran cantidad de energía para diferenciar las yemas y preparar la reproducción.
En estas fases se encuentran los estados C, D1 y D2, donde se da la formación de la inflorescencia. En la C se encuentra el cáliz visible, cuando la inflorescencia rompe las brácteas y se empieza a distinguir el cáliz.
En el D1, la corola se hace visible, cuando los botones florales se separan y se observa la corola blanca-verdosa. Y en la D2 se produce el cambio de color. Donde las flores se hinchan y blanquean, listas para abrirse.
En esta etapa, en cuanto a la estrategia fitosanitaria, es el momento crítico para vigilar la generación filófaga del Prays. Si el ataque es severo, puede comprometer la floración futura. Es el momento de los abonados foliares ricos en aminoácidos y bioestimulantes agrícolas para preparar al árbol frente al estrés de la floración.
También, en esta fase se encuentran los estados E, F1 y F2, todos ellos vinculados con la floración. En la E los estambres se hacen visibles y se aprecian los órganos masculinos, aunque la flor sigue cerrada.
La F1 abre el inicio de floración, cuando se abren las primeras flores. Y en la F2 es la plena floración. El árbol se muestra blanco por la masiva apertura floral y se libera el polen.
Durante la floración, se deben detener los tratamientos foliares agresivos para no interferir en la polinización ni dañar el estigma receptivo. El olivo es de polinización anemófila (por viento), por lo que condiciones de lluvias intensas o calor extremo pueden reducir el cuajado.
También es recomendable asegurar niveles óptimos de boro (B) antes de esta fase para mejorar la viabilidad del polen.

Cuajado y crecimiento de la aceituna.
Tras la fecundación, los pétalos caen y el ovario comienza a engrosar. Es aquí donde se define la carga productiva del año.
El estado G indica el cuajado, caída de pétalos y aparición de los frutos recién cuajados. Se puede definir como que, el árbol sufre una «purga» fisiológica natural, tirando aquellos frutos que no puede alimentar.
A nivel de fertilización se produce una alta demanda de nitrógeno (N) para el crecimiento vegetativo y del fruto.
En el estado H se produce el endurecimiento del hueso. Es cuando el fruto alcanza aproximadamente la mitad de su tamaño final y su endocarpio (hueso) se lignifica y endurece, ofreciendo resistencia al corte.
Esta fase marca un antes y un después en la protección de cultivos. La larva de la mosca del olivo tiene dificultades para penetrar un hueso duro, pero la pulpa empieza a ser atractiva.
En cultivos de regadío, el estrés hídrico controlado debe manejarse con precaución. Un déficit severo aquí afecta al tamaño final de la aceituna y a la relación pulpa/hueso.
Maduración y Lipogénesis del olivo.
A finales de verano y principios de otoño, el crecimiento se ralentiza y comienza la acumulación de aceite (lipogénesis) en la pulpa.
Es cuando se define el estado I, el envero, y es el indicador visual de la maduración. La aceituna vira del verde intenso al verde amarillento (I1), luego aparecen manchas rojizas o moradas (I2) y finalmente alcanza el color morado oscuro o negro (apogeo del envero).
Sobre la decisión del momento de la cosecha, para aceites verdes y afrutados (Premium), la recolección se adelanta a inicios del envero, sacrificando rendimiento graso (cantidad) por calidad organoléptica y alto contenido en polifenoles.
En el estado J, el de la maduración completa, el fruto tiene la pulpa totalmente coloreada y blanda, rica en aceite. A partir de aquí, el árbol entra en senescencia del fruto y, posteriormente, volverá a la parada invernal, cerrando el ciclo.
Desde un punto de vista de post-cosecha, inmediatamente tras la recolección, se recomienda un tratamiento nutricional (potasio) y fungicida para curar las heridas de los vareos o vibradores y preparar al árbol para el siguiente ciclo.

Adaptación del cultivo del olivo al cambio climático.
Como ingenieros y técnicos del cultivo del olivo, se observa que este ciclo teórico está sufriendo alteraciones. En muchas zonas de España, se está registrando floraciones adelantadas y otoños más cálidos que retrasan la entrada en dormancia.
Esta realidad obliga a no trabajar con fechas de calendario fijas, sino a observar el campo día a día. La fenología se convierte así en el mejor indicador de cambio climático a pie de parcela, exigiendo una adaptación constante de las estrategias de fertilización y control de plagas para mantener la excelencia del olivar.








