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El jardín productivo

El jardín productivo

El siguiente trabajo tiene como objetivo estudiar la posibilidad de generar un pensamiento nuevo en relación a la producción doméstica de alimentos como propuesta para la reducción del impacto medioambiental de las personas, siendo el ámbito más concreto de focalización en este artículo la inclusión de huertos urbanos en las viviendas de las zonas suburbanas, todo ello con el propósito de actuar en favor de la idea del procomún.

En su inicio, esta investigación surge de la inquietud por saber más acerca de la huella ecológica que deja cada una de las personas en el medioambiente. Se trata de una motivación personal, movida por la curiosidad. Aunque en estos días la ecología está en boca de todos, a mi parecer resulta evidente que se trata de un aspecto innegable a tener en cuenta de manera común en los trabajos de arquitectura, así como en otros muchos ámbitos cotidianos. Esta premisa aparece al leer una entrevista en la Revista Presente a los integrantes de Estudio Borrachia (Buenos Aires) (1), entrevista en la que sostienen que: “el cambio climático es inminente y lo sostenible debe ser básico y no extraordinario.”

Así mismo, el tema de la investigación viene impulsado por toda una serie de inquietudes acumuladas durante algunos años de contacto con diferentes personajes, los cuales han ido dejando rastros de ideas que marcan con fuerza el inicio, así como el desarrollo de este trabajo.

Entre estos personajes se encuentra Víctor Navarro (2), arquitecto, quien en una visita a Medialab-Prado (Madrid) explica cómo “todas las instalaciones están descubiertas para que el usuario sea consciente de la energía que se mueve a su alrededor, energía necesaria para el funcionamiento del edificio”. En mi opinión, éste ya es un ejemplo de una manera de integración de lo sostenible como un elemento nada fuera de lo común.

Por otra parte, la importancia del concepto de actuar en favor del procomún, también surge del entorno de Medialab-Prado, en cuya página web Antonio Lafuente (3) propone esta definición: “El procomún es la nueva manera de expresar una idea muy antigua: que algunos bienes pertenecen a todos, y que forman una constelación de recursos que debe ser activamente protegida y gestionada por el bien común. El procomún lo forman las cosas que heredamos y creamos conjuntamente y que esperamos legar a las generaciones futuras”.

Para este trabajo se van a emplear todas esas ideas como punto de partida, aunque la investigación se desarrolle de manera que se dirija hacia el ámbito de lo doméstico. Así pues, decir que el objetivo de este estudio es encontrar el cómo reducir el impacto medioambiental de cada una de las personas, podría ser demasiado ambicioso, por no decir incoherente, y por tanto lo que se pretende acometer es una cuestión algo más específica y acotada como la compensación de recursos “tomados” de un solar mediante técnicas para la autosufiencia de una vivienda. El estudio se ha llevado a cabo mediante dos aproximaciones distintas; por un lado la realización de una investigación, para encontrar referencias a arquitectos, como Estudio Borrachia o Lacaton y Vassal (4), que trabajan en una arquitectura que integre, entre otras características de eficiencia energética, medios para la producción de alimentos propios; y otros profesionales por otra parte, como Britta Riley (5), involucrados en el propósito de encontrar nuevas técnicas para la producción propia de alimentos, como por ejemplo la colocación de huertos verticales en paredes y ventanas.

Se trata de una iniciativa que cuenta con un gran número de seguidores en todo el mundo, y consiste en algo tan simple como la utilización de botellas de plástico recicladas para convertirse en pequeños recipientes de cultivo de una planta. Y por otro lado, el contacto con usuarios independientes para conocer la experiencia de la producción de algunos alimentos en la vivienda, pues son muchos los que en estos días se involucran para producir alimentos en lugares insospechados de la ciudad, como Annie Novak (6) convirtiendo la cubierta de un edificio de Brooklyn en un huerto que prospera día a día gracias a la ayuda de otros ciudadanos neoyorquinos unidos por el mismo propósito.

Al final, se trata de plantear un nuevo pensamiento para las zonas de baja densidad de las ciudades donde se logre un equilibrio entre lo consumido y lo generado por medio de una producción propia de alimentos así como una actuación común.

El marco en que se desarrolla esta investigación es el de una sociedad que evoluciona hacia una nueva organización económico social. Este cambio implica una nueva forma de afrontar la economía que John Robb (7) describe en algunos de sus artículos. En esta sociedad ya no premia el seguir las pautas marcadas para conseguir el éxito: trabajar duro cumpliendo las normas para ser feliz. En estos últimos años, la nueva economía en auge necesita de los individuos que sean innovadores, que aprovechen sus recursos para alcanzar un buen estatus. En esta sociedad de pensamientos innovadores, no hay cabida para la ecología como algo extraordinario, puesto que el ingenioso aprovechamiento de los recursos será clave para el desarrollo del usuario.

Como primer método para el desarrollo de este trabajo, se plantea un modelo de vivienda que, cumpliendo con todas las máximas establecidas en puntos anteriores, sirva para introducirse en el entorno de comunidades de baja densidad, para así entender las implicaciones que este nuevo pensamiento pueda tener. Se ha escogido, por tanto, como ámbito para desarrollar la investigación un barrio de las afueras de Alicante, un barrio de casas bajas, unifamiliares, característico por la singularidad de cada vivienda con respecto a su vecina, aunque los muros que las rodean hagan un efecto homogeneizador.

Uno de los motivos que llevan a escoger este emplazamiento es que se trata de un lugar en el límite entre la ciudad y el campo, perfecto para desarrollar la idea de una casa que pretende aprovechar al máximo los recursos de estos dos mundos a menudo muy diferenciados. Roger Joan Sauquet Llonch (7) habla en su artículo “La colectivización en el suburbio de baja densidad (…)” sobre la necesidad subconsciente de la sociedad de vivir cerca del suelo, la vegetación y en ambientes abiertos, por lo que las viviendas de los suburbios son una buena forma de albergar “un ambiente urbano y rural en una misma casa”. Sauquet destaca los proyectos de arquitectos tales como Lacaton y Vassal (8) que ya integran estas ideas en sus viviendas aisladas en las que “el habitante siente la aparente o verdadera libertad”.

Aprovechando al máximo las posibilidades de la vivienda y del solar podemos llegar a cumplir los objetivos que hemos propuesto anteriormente, creando un nuevo modelo que legar a generaciones futuras. El método fundamental que se propone para el aprovechamiento de esos recursos es la producción en la propia vivienda del máximo número de alimentos para la dieta de, por ejemplo, una persona.

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Esta tabla recoge un menú representativo de lo que se podría consumir a lo largo de una semana. Como puede verse, se trata de un menú variado y equilibrado basado en los fundamentos de la dieta mediterránea. Además de tratarse de una de las dietas más aceptadas para acompañar a un estilo de vida saludable, se trata de una dieta propia del entorno en el que se encuentra la vivienda, y por tanto el medio ideal para la producción de estos alimentos.

Para que el menú sea completo y equilibrado, se ha investigado acerca de la posibilidad de albergar animales con fines ganaderos en una vivienda cualquiera. La normativa de la ciudad de Alicante recoge un apartado en la Ordenanza Municipal Sobre Tenencia Y Protección De Animales en relación a los animales domésticos que permite albergarlos sin permiso alguno, siempre que sean números reducidos, estén provistos de un refugio construido de manera exenta a la vivienda, y sin contemplar fines lucrativos.

Después de establecer un menú modelo de lo que se consumiría en la vivienda, podemos llegar a establecer la ocupación en la parcela de la vivienda que quedaría cubierta por la producción de alimentos. Para ello, tomamos como referencia las dimensiones de una parcela media en la zona escogida, y mediante el cálculo de cantidades necesarias y datos recogidos acerca de los marcos de plantación y la productividad de cada especie en concreto.

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Después de trabajar con estos datos, podemos concluir que es posible cubrir más del 60% de los alimentos necesarios para seguir una dieta variada apenas dedicando el 33% de la parcela donde se sitúa la vivienda. De algunos de los ingredientes, además obtendremos un excedente.

Estos resultados me llevan a pensar en la posibilidad de crear una comunidad que colabore en la producción de estos alimentos. Quizás de esta forma el excedente de unos pase a ser parte del 40% que otros no pueden producir. Y aunque pensar en esta idea de colaboración parezca utópica al suponer que los vecinos van a querer colaborar entre ellos, una historia contada por una vecina de la zona me hace creer que este tipo de comunidad es posible.

Según cuenta esta persona, que ha nacido y crecido en el barrio y que ahora vive en otra casa del mismo con su familia, en el patio de la casa donde nación había un limonero. El vecino de la casa de al lado también tenía un limonero en su propio patio, y los dos árboles se tocaban, se enrollaban y sobrepasaban constantemente los límites de sus respectivas parcelas. Así, los dueños acordaron que, a la hora de recoger los limones, cada uno cogería aquellos que cayeran dentro de su propiedad, ya fueran de un árbol o del otro. Este trato ha durado años y se ha traspasado de una generación a otra, sin necesidad de poner nada por escrito ni de llegar a un nuevo acuerdo.

Esta historia me ha hecho reflexionar sobre la posibilidad de nuevas comunidades de colaboración entre vecinos, cosa que es bastante sencilla en un barrio como el estudiado, un lugar familiar en el que la mayoría de las personas se conocen muy bien.

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Fachada de la casa junto a otras de su entorno.

Hablando de los alimentos que se han clasificado como difíciles de producir en las viviendas y que necesitan servirse de productores mayoristas, como los vendedores de pescado, carne o productos envasados, me resulta necesario pensar en dónde compran los habitantes de este barrio. Este contexto, se encuentra alejado de las grandes superficies de alimentación, pero los vecinos siguen yendo a comprar allí en lugar de a las tiendas locales.

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Al preguntar a una vecina del barrio por qué se desplaza hasta las grandes superficies en lugar de comprar en el barrio, cuenta que es más caro comprar en la frutería del barrio ¿Realmente se compensa yendo a comprar a varios kilómetros del barrio pudiéndolo hacer sin tener que desplazarse? Evidentemente, para ir al supermercado se necesita un vehículo, lo que es un gasto de energía, así como de dinero. Así mismo se necesita energía para llevar los productos tanto a la gran superficie como a la pequeña frutería de barrio.

Como nos desviaríamos de la idea central, para este estudio no vamos a entrar en la energía que se invierte en abastecer a las grandes superficies, con todo el amasijo de intermediarios que llevan detrás. Lo realmente relevante para este estudio es pensar en qué hace más cara la compra en el comercio de barrio, llegando a la conclusión personal de, por un lado, la escasa demanda, pero por otro, al observar las zonas vacías en el plano, se puede concluir en que las zonas de producción se encuentras demasiado alejadas de los comercios, por lo que es necesaria una considerable inversión por parte de los propietarios en medios para transportar los productos hasta el barrio.

Se puede llegar a pensar, pues, que con la inclusión de los huertos en las parcelas de las viviendas y la producción propia o comunitaria de alimentos, se elimina en gran parte el problema del desplazamiento a las grandes superficies, así como el abastecimiento de los comercios locales.

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La forma que adquiere la casa, así como los materiales que se utilicen, han de contribuir en el ahorro energético y en la generación de recursos de los que hemos hablado hasta ahora. Es por ello que, en primer lugar, es muy importante la condición de una fuente de luz natural para la calidad de los espacios interiores así como para aportar a los cultivos la radiación solar que necesitan para crecer de manera saludable. Se necesita, por tanto, un material permeable a la radiación solar, como el policarbonato, material del que pude aprender algo en un viaje realizado a Almería el año pasado.

Allí visité la Estación Experimental Las Palmerillas, de la Fundación Cajamar, donde se experimenta con nuevos sistemas de construcción de invernaderos con el propósito de aumentar su productividad de una forma pasiva, es decir, utilizando solamente los recursos naturales del lugar, sin emplear productos químicos dañinos o técnicas contaminantes para el medio. Así experimentan y desarrollan la tecnología de las construcciones plásticas. A continuación visitamos, acompañados por el arquitecto Alejandro Pascual (ELAP arquitectos), un polideportivo que estaba construyendo en Garrucha, en Almería.

Este polideportivo está realizado siguiendo los mismos principios que los invernaderos: con el uso del policarbonato como cerramiento, en la cubierta y las fachadas, se pretende aprovechar al máximo la luz solar incidente, así como regular la temperatura sin necesidad de emplear únicamente sistemas de climatización no sostenibles. En general, todas estas medidas implican una compensación energética al solar, mediante la generación de recursos que minimizan así el consumo de productos del mercado, productos que implican la utilización de más fuentes de energía para su producción, tratamiento, transporte, distribución…

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Vista desde el interior de la casa.

Para comprobar el alcance de los recursos que se generan, he llevado a cabo en mi propia casa una experiencia cultivando en el balcón -una terraza de menos de cuatro metros cuadrados algunas hortalizas.

Comenzamos plantando en un semillero una reproducción a escala muy pequeña de un invernadero- algunas semillas de productos de lo más común, como judías francesas, zanahorias, perejil y tomates. Al principio, no depositamos mucha esperanza en estas pequeñas plantas, y ni siquiera esperábamos ver salir algún brote de la tierra húmeda. Pero, para nuestra sorpresa, los primeros brotes verdes no tardaron en salir. Y no sólo eso, sino que en cosa de un mes, todas nuestras plantas han crecido lo suficiente como para ser trasplantadas a una maceta de mayores dimensiones.

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Foto de las macetas en el balcón con las distintas plantas germinando.

Ahora que hemos visto crecer las primeras plantas, y después de que éstas hayan sido trasplantadas a otros recipientes, descubrimos cuál es el problema del huerto de balcón. Aunque todavía no ha llegado la hora de cosechar los frutos de este pequeño huerto, al empezar a pensar en añadir otras variedades, incluso algunas flores de colores para alegrar la imagen del balcón, nos hemos dado cuenta de que no existe espacio suficiente para albergar todas las plantas.

Este pequeño huerto de menos de cuatro metros cuadrados va a producir apenas tres variedades de hortalizas que no servirían nunca para abastecer por completo o en la mayor medida posible a una familia de cuatro miembros. Por lo tanto, llego a la conclusión con esta pequeña reflexión, de que se necesitará mucho espacio para abastecer a una persona completamente siempre hablando de los alimentos vegetales, no llegando a contar el espacio que necesitan los animales por lo que me resulta inminente la necesidad de pensar en una comunidad en la que exista el intercambio bien de productos o bien de servicios, para completar el abastecimiento de la casa.

Después del desarrollo de la investigación, cabe preguntarse cuál es la implicación que tendría este nuevo modelo de vida en el barrio escogido, por lo que es necesario el contacto con vecinos y trabajadores de la zona, para escuchar sus opiniones y sus experiencias relacionadas con pequeños huertos domésticos. Estas personas comparten los sentimientos que les produce poder comer alimentos generados por ellos mismos, una sensación siempre gratificante, pero tal y como me pasaba con mi experimento del balcón, descubren que no siempre es fácil sacar adelante estos huertos, y que nunca llegan a cubrir del todo sus necesidades. Es por ello que hacen eco de la idea con la que concluye este artículo.

Es necesaria una nueva forma de pensar hacia las comunidades de vecinos en zonas de baja densidad, donde para poder hallar un equilibrio entre lo consumido y lo aportado no va a ser suficiente el auto abastecimiento de las viviendas, por lo que se propone una forma de actuar común, en que las pequeñas aportaciones de cada uno sumadas a las de sus vecinos resulte en una disminución considerable de los recursos innecesarios, como las fuentes de energía no renovables.

Esta investigación ha sido útil para comprender el alcance de las medidas que se pueden tomar individualmente en la producción doméstica de alimentos, sin embargo, al final de la misma han aparecido muchas cuestiones que quedan por resolver, como por ejemplo, qué impulsa a estos nuevos agricultores del siglo XXI a cultivar su propia comida en pequeños rincones de las ciudades, de los barrios. He podido averiguar que muchos de ellos actúan siendo conscientes de querer mejorar el impacto en el medio ambiente, ahorrando energía al producir los alimentos sin necesidad de intermediarios o desplazamientos, por ejemplo; pero lo que más me ha impactado es que otros muchos nuevos agricultores lo hacen buscando la satisfacción personal de comer alimentos producidos por ellos mismos, de volver a estar en contacto con la tierra para saber de dónde viene cada ingrediente de nuestros platos. Por ello, quiero concluir con las palabras de Wendell Berry, según Annie Novak las escribe en su artículo (9): “Comer es un acto agrícola”.

Por último, quiero cerrar este artículo con una pregunta abierta a raíz de todo el trabajo: ¿por qué no incluir en el diseño de viviendas de baja densidad una zona destinada a la producción agrícola? O, no sólo en viviendas puntuales, sino en los planes parciales de ampliación de la ciudad venideros.

Autora:
Cristina Flores Huertas
www.floresyotrasplantas.wordpress.com

Bibliografía
(1) 2012, “El desafío de hacer lo dicho”, Revista Presente (Responsabilidad Social), nº 15, páginas 54-59.
(2) NAVARRO, Víctor es arquitecto por la ETSAM y profesor de proyectos en la Universidad Europea de Madrid (http://www.langarita-navarro.com/curriculum/)
(3) LAFUENTE, Antonio. (Granada) es investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia (http://medialab-prado.es/person/antonio_lafuente2)
(4) LACATON, Anne y VASSAL, Jean Phillippe, arquitectos franceses. CV disponible en: http://www.lacatonvassal.com/data/documents/20140327113047lv_cvv_chrono_v2ANG_bd.pdf
(5) RILEY, Britta. “Un jardín en mi apartamento”, TED Talks, Mayo 2011, Disponible en: http://www.ted.com/talks/britta_riley_a_garden_in_my_apartment?language=es
(6) NOVAK, Annie. “In Brooklyn, Lettuce, Not Steel, Scrapes the Sky”, The Athlantic, 24 de marzo de 2010. Disponible en: http://www.theatlantic.com/health/archive/2010/03/in-brooklyn-lettuce-not-steel-scrapes-the-sky/37905/
(7) ROBB, Jhon. 13 de octubre de 2013, “The Direct Economy”, Home free America, disponible en: http://www.homefreeamerica.us/the-direct-economy/
(8) SAUQUET LLONCH, Roger Joan. “La colectivización de la vivienda en el suburbio de baja densidad. Aproximaciones a propósito del plan territorial metropolitano de Barcelona”. Proyecto, Progreso, Arquitectura. N5_vivienda colectiva: sentido de lo público. Páginas 30-45. Noviembre 2011, Universidad de Sevilla.
(9) Ídem (6)

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